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Capítulo 1: La herencia de las doce

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El testamento cabía en una sola frase: “A Mira, el jardín; que aprenda a mirarlo antes de tocarlo.”

Cuando cruzó la verja oxidada, los relojes de pétalos giraron todos a la vez hacia ella, como rostros que reconocen a su dueña. Ninguno marcaba la misma hora. Ninguno marcaba una hora que ya hubiera pasado.

En el centro, sobre un pedestal de raíces, una flor cerrada esperaba. Su etiqueta decía, con la letra de su abuela: “No la abras hasta que sepas qué estás dispuesta a perder.”